Ariadna

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Cuentan las abuelas…

Que un día, el gran héroe Teseo llegó desde su patria, Atenas, a la fértil isla de Creta, fértil a la par que temida por los atenienses. Pues su rey exigía un tributo de 7 jóvenes y 7 doncellas para calmar la ira del monstruoso Minotauro que vivía recluido en su laberinto, del que nadie que entrara era capaz de salir.

Teseo, fuerte, bello, seguro de sí mismo… todo un hombre. La dulce princesa Ariadna se enamoró de él y decidió ayudarlo en su empresa. Para ello, le entregó un ovillo cuyo hilo, al irse desenredando, iría señalando el camino a recorrer. De este modo, Teseo llegó al centro del Laberinto. Derrotó a la oscura figura del hombre-toro, el salvaje y desdichado Minotauro. Y deshizo sus pasos, volviendo de ese lugar intrincado al mundo real, a la luz, al reencuentro con la mujer que había permitido su salvación.

Enamorados (o quizá, enamorada y agradecido) y sabiendo que la traición de Ariadna no quedaría sin castigo por parte de su padre, decidieron salir juntos de la isla. Y así, navegaron incontables días, felices en su viaje.

Pero los dioses son caprichosos, envidiosos y enamoradizos. Y Ariadna se vio abandonada por su amado Teseo en una isla en la que habían hecho escala. No se sabe bien por qué, hay  demasiadas versiones. Siempre las hay, tantas como personas implicadas. Afortunadamente para ella, un dios la hizo su esposa, Dioniso. El resto… es otra historia

ARIADNA

Yo soy el viaje hacia tu centro
y soy tu centro.
Yo soy la red y el hilo.
Soy la araña mágica
que teje y desteje
su propia vida
desde su propia sustancia.
Sigue mis huellas
y nunca te perderás…

Sandra Román. Los rostros de la Diosa

 Quiero comenzar mi andadura presentando a la figura de la mítica heroína Ariadna, sin cuya ayuda el gran héroe Teseo se las hubiera visto y deseado para vencer al Minotauro y escapar del Laberinto. Su historia está llena de símbolos y la podéis leer en cualquier buen libro de mitología.

 El laberinto es un símbolo arquetípico que aparece en diversas culturas a lo largo del tiempo. Entendido en cada momento según los parámetros filosóficos o religiosos del lugar, en todas partes hay un lugar común: el laberinto es el camino lleno de pruebas y obstáculos que se deben ir superando para poder alcanzar el destino final. Permite el acceso al centro, bien sea espiritual, bien sea el interior de uno mismo (el alma, el inconsciente) por medio de un viaje iniciático que no puede superar quien no esté lo suficientemente preparado. El que lo recorre, a través de las pruebas que encuentre (vueltas y recodos del camino), se va mostrando como alguien digno de acceder a la revelación del misterio oculto en él. Este trayecto lo convierte en un iniciado. Pero, al mismo tiempo, el laberinto supone una defensa para esconder e impedir que escape de él una fuerza maléfica, aquella parte nuestra que escondemos incluso de nosotros mismos. Y ahí es donde aparece el Minotauro.

 Este ser encarna el lado oscuro y salvaje del ser humano, la sombra que todos queremos ocultar y a la que tenemos que enfrentarnos tarde o temprano. Está ahí, como el toro, esa energía salvaje e indómita, una gran fuerza de la naturaleza, a la vez potente y descontrolada. Se le ofrecen sacrificios al monstruo con el objetivo de engañarle para calmar su ira. Sin embargo, en lugar de eso, solo conseguimos que cada vez pida más y más. Del mismo modo, esa sombra que tratamos de no ver y a la que creemos calmar dándole la espalda o cayendo en juegos de auto-engaños, auto-sabotaje y otros por el estilo, sigue ahí, engullendo todo lo que le damos y creciendo a nuestra costa. La única manera de descubrir y vencer a la sombra es iluminándola.

 En algunas versiones del mito, Ariadna proporciona a Teseo no sólo el consabido hilo. También le ofrece una corona luminosa. El combate contra el Minotauro no puede ser victorioso si no es con la ayuda de la luz, que ilumina los rincones oscuros del Laberinto. Éste es  la oscuridad, la confusión, a la que la corona de Ariadna pone luz, aporta el aspecto espiritual, el conocimiento. El hilo es el nexo de unión entre los dos mundos. El  real, el de la luz, el visible y lógico, por un lado. Por el otro, el mundo de la oscuridad, de los monstruos de la razón, el de las profundidades y de lo irracional. Ahí es donde Teseo se atreve a entrar, supera los obstáculos, mata al monstruo y regresa victorioso. La energía, la fuerza, el hombre. Pero no lo consigue solo. Necesita la guía, la ayuda y la protección de Ariadna, que, como mujer, está más capacitada para penetrar en el mundo del misterio y lo irracional.

 Hombre y mujer trabajando juntos, en comunión por un bien común, y utilizando cada uno las armas que mejor sabe manejar. Dos energías diferentes, pero complementarias y necesitadas la una de la otra para poder funcionar. En este punto, creo que es necesario aclarar que “hombre” y “mujer” son términos que designan una realidad biológica. Pero cada uno de ellos lleva en su interior ambas energías, ambas potencialidades. Es el yin y el yang, las dos polaridades, el ánima y el ánimus de Jung. Todas nosotras tenemos el espíritu masculino alentando en nuestro interior. Así como todos vosotros contenéis cualidades femeninas. La diferencia entre los seres está en el grado de desarrollo y compenetración de ambas energías.

 Historias que sirvan para ejemplificar esto hay muchas. Pero me cae bien Ariadna, qué le vamos a hacer.

@espiraldeluna

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